Sobre la eterna lucha de clases (o por qué siempre tendremos tiranos y mártires)

04/09/2011

La humanidad, desde poco después del inicio de la sociedad organizada, pasó el punto sin retorno en que las personas están divididas en estratos jerárquicos, donde algunas personas mandan y otras siguen órdenes. Sin embargo, es ley natural que el poder inequilibrado se corrompe. El alto mando empezó a abusar de su poder, y la plebe tomó el instintivo paso de rechazar el abuso. Eventualmente, el poder reaccionó instaurando un fuerte sistema de vigilancia, adoctrinamiento y penalización que fue perfeccionado con los siglos, para que los designios del poder no fueran afectados por la desobediencia de los esclavos, para que la insubordinación fuera eliminada del pensamiento de éstos, y para quienes aún así osaran enfrentarse al sistema fueran castigados o, si con ello no aprendían, eliminados.

El sistema intentó ser subvertido por múltiples medios, desde la fuerza bruta hasta los métodos de sigilo. Casi todos ellos fueron anulados por el poder, que desde siempre tiene más recursos que la plebe (a menudo, de hecho, recursos que eran originalmente de la plebe). Los otros casos, contados con la mano en los anales de la historia, fueron sólo victorias temporales y eventualmente disueltas por el poder, o farsas en que la plebe creyó ganar igualdad, pero el sistema que lo garantizaría fue modificado por el poder para manejarlo en secreto, o mediante otras organizaciones jerárquicas (economía, religión, milicia, medios de comunicación). Estas organizaciones, a su vez, confabulan hasta la fecha para aumentar su beneficio (más poder, más dinero, más influencia).

La plebe, que no pierde la esperanza (tristemente, mucha de ella proveniente del adoctrinamiento del poder para manipular a las masas) sigue luchando, trágicamente terca, ciega al hecho de que tiene todas las de perder, que sus escasas victorias son efímeras o falsificadas, y que sus constantes fracasos ante el siempre más poderoso aglomerado mandatario son castigados hasta la damnatio memoriae, olvidados al punto de que su lucha jamás sucedió y su sacrificio fue en vano. Lo triste no es que sigan en la lucha, mostrando un valor que, aunque admirable, se basa en falsedades ideológicas. Lo realmente triste es que aún no se hayan enterado (o sigan en una desesperada negación) de que lo mejor es rendirse y vivir apegados al estoicismo, y sigan lanzándose en vano a la cueva del dragón, con el objetivo de aniquilarlo, pero tan sólo logrando servirle de alimento.

Pero eso deja una última pregunta: ¿por qué, a pesar de las nulas probabilidades, la plebe sigue autoengañada y en pie de guerra? La respuesta puede ser el instinto. En este sistema de reacciones que es la sociedad, diversos seres vivos, con más o menos recursos, son impulsados por igual por la misma constante urgencia de tener una mejor calidad de vida, sin pensar siquiera en la obvia disparidad de capacidades. Es por eso que este conflicto existe, y hasta que una parte abandone ese impulso, este conflicto seguirá per sæcula sæculorum.

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